Rev Fac Med UNAM Vol. 51 No. 5 Septiembre-Octubre, 2008
Manuel Quijano
Editor, Revista de la Facultad de Medicina, UNAM.
La mujer es la fuerza moral de la casa pero es una tragedia cuando se empeña en ser demasiado dueña de su destino y –peor– del destino de los demás. Pero más vale admitirlo desde ahora: todos somos individualistas, egoístas, y queremos
libertad (al menos la nuestra); no somos perfectos y en ocasiones llegamos a decir: «No puedo vivir con esta turbulenta
mujer mía». No me refiero a tener una relación sexual sino a mi relación con la mujer misma. Y lo mismo puede decirse de la mujer, pues no creo que pueda encontrarse una mujer capaz de vivir siempre con la misma alegría y entusiasmo en todo momento. Porque nos necesitamos mutuamente y nadie puede vivir absolutamente solo, sin consultar nada, bastándose a sí mismo y casi sin personalidad. Hace años fui a una exposición sobre los etruscos en que se mostraban unos frescos de Tarquinia, de bailes muy realistas, en que, probablemente un esclavo, completamente desnudo, toca la flauta, mientras una señora apenas cubierta de un vestido medio-transparente, baila alegremente con un compañero, también desnudo en tres cuartas partes de su cuerpo. En esto consistía la deliciosa virtud de la danza etrusca; en la que hacían ofrendas al signo fálico, de modo que todos estaban acostumbrados a él y al útero, origen de la vida. La joven etrusca se entrega alegremente a esto, hace vibrar su alma y baila serena, como la fuente del movimiento, y hace feliz a su compañero.
En sus labios se esboza una enigmática sonrisa –parecida a la de la Gioconda–, que encierra toda una promesa. Los etruscos, decían los romanos, que eran gordos y flojos, crueles, corruptos y lujuriosos, pero no hay que olvidar que Catulo
y Virgilio (que fueron sus acusadores, 500 años después) fueron sus enemigos aunque asimismo fueron sus descendientes. En cambio leí con gusto una novela de José Luis Díaz, un catalán, que tituló su libro «La sonrisa de la etrusca» (si mi memoria no me falla) y comprendí que ese pueblo que, al parecer, no tuvo contacto con la tragedia griega, sí pudo al menos gozar de la vida y, hasta la muerte era algo alegre y animado.
Todas las luchas por la libertad llegan demasiado lejos y se transforman en una tiranía. Inclusive podría decirse eso de lo que yo mismo he llamado el movimiento social más exitoso del siglo XX: el feminismo. Ya que el macho está subordinado a la necesidad de la hembra…y aunque la mujer individual se haya liberado del padre, del hermano y del marido, continúa mostrando una sumisión «instintiva» y sin lucha contra los que antes la sometían.
Debemos asimilar este hecho importante: fuera de nuestras relaciones con otras personas, apenas si somos individuos, casi nada, y tanto hombres como mujeres encuentran su personalidad en la relación recíproca y, mediante ella, nos convertimos en auténticos seres, con personalidad. Una mujer es una fuente viva que da vitalidad a quien la rodea, o bien algo doloroso que da lástima a los que se ponen a su alcance. Y el hombre lo mismo. Pero mientras seamos sanos, procuramos entrar en relación con alguien, casi inconscientemente. Inclusive el «héroe conquistador» es medio patético y lastimoso, y apenas se le reconoce como un fluir, algo fluyente que no constituye un río verdadero, sin alma, pues ésta es algo que se forma a través de los contactos, con una relación viva. Y la relación del hombre con la mujer es algo central en la vida humana. La relación entre dos personas, casadas, experimenta cambios cada pocos años, a menudo sin que ellos mismos sepan la causa, y cada cambio trae consigo un cierto dolor y también cierta alegría; porque cada uno va construyéndose su propia alma y éstas se integran…como río que fluye por tierras nuevas. Nos gobiernan unas «ideas fijas» como el sexo, el dinero, lo que «debe» ser una persona; el sexo es algo cambiante, ora vivo, ora estático ora fogoso, ora aparentemente acabado. Lo que se ve en esta civilización todos los días es hombres y mujeres que se destruyen recíprocamente, sentimental y psíquicamente, y lo que yo pido es que hagan un alto, se detengan y mediten. La mujer no debe representar constantemente el papel de novia, sino más bien el de amante, de esposa y madre. La relación del hombre y la mujer es como dos ríos que fluyen, mezclándose y a veces separándose y prosiguiendo su curso. Para ello existe el divorcio. El deseo sexual es apenas una vívida, muy vívida manifestación. Es el gran unificador. Cuando uno de los dos comienza a combatir al otro y sigue combatiendo, es que busca su libertad…aunque, en el fondo no la quiera. La palabra libertad es una expresión masculina pues para la mujer es trivial. La mujer busca escapar del hombre en quien no cree y se imagina que lucha por la justicia, pero ahora sabemos que la excusa ética no es sino eso, una excusa. En muchos casos se llega a saber que el hombre no puede amar del mismo modo que la mujer, yaunque se alienta el engaño porque se halaga la vanidad, aparece, al final Némesis que persigue la infortunada pareja, y se tiene así la explicación de la conducta imposible de ciertos cónyuges de treinta años. La mayoría de las revoluciones son explosiones que van más allá de lo pensado. De hecho en 1870 los franceses con la comuna, no pretendían volar todo el sistema…pero así ocurrió. Los mexicanos en 1910, pedían votar y que su voto valiera, pero la cosa se salió de madre y 10 años después, no eran capaces de reconocer lo que habían iniciado. Lo mismo puede decirse de los rusos: quisieron abrir un boquete en un muro para franquearse la entrada y derrumbaron la casa. Y en cuanto al vivir solo hay que recordar el ejemplo de Napoleón en Santa Elena: a pesar de su gran personalidad, de su valía y de su talento, da la impresión que está vacío, que no vale nada y el pobre dura seis años ahí, sin quejarse, saliendo de su cuarto apenas para dar unos paseos breves. Los jóvenes que empiezan a sentir ese desasosiego no se dan cuenta, a veces, de que la vida que llevan, precipitándose de un lado a otro y mostrándose siempre vivaces, y con iniciativas, no es la vida real y se están perdiendo lo principal. Porque ¿qué es lo real? Pues hay millones de modos de
vivir y todo es vida. Pero qué es lo que le hace sentirse bien
a uno y le hace grata la vida; esa Es la gran cuestión. Porque
no se trata de pecados o de moral, ni de ser bueno o malo. Se trata de renovación; de tornarse nuevo y vívidamente animado y consciente, en vez de sentirse agotado, rancio, enfermo. Pero la respuesta es difícil. No se trata de glándulas,
ni de tratamientos, ni de alimentos o drogas. Tampoco de alguna revelación o mensaje «maravilloso». Se trata de entrar en contacto con el «centro» vivo del cosmos…pero. ¿Cómo debemos hacerle? El amor es la dicha del mundo, pero la dicha no es la realización total. El amor, al modo de una marea, debe tener su bajamar. Es la gravitación del espíritu hacia el espíritu y del cuerpo hacia el cuerpo. Es nuestra noción de la eternidad. Y qué es la eternidad a nuestro entender, sino la continuación de la misma manera. El amor no es un objetivo, es sólo un viaje; como la muerte es un viaje al caos elemental.
El amor entre un hombre y una mujer es dual, es integral y significa fundirse en una comunión y en la fricción de la propia sensibilidad, es el fundirse en la propia unidad. Por otra parte, puede ser la hermosa batalla de la satisfacción sexual. Debe haber dos en uno, siempre dos en uno; el dulce amor de la comunión y el salvaje y orgulloso amor de la consumación sensual.